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A review by linorris_
Panza de burro by Andrea Abreu
4.0
Ha sido un libro muy incómodo de leer, como incómodo es tanto lo que se cuenta como cómo se cuenta en sus páginas: la historia de dos amigas que acaban de entrar al instituto, durante un larguísimo verano en un barrio marginal de un pueblo tinerfeño que, a comienzos de los 2000, con la burbuja de la construcción, abraza el turismo como la única manera de "montarse en el dólar", como dice varias veces la protagonista que le dice su padre.
Evidentemente, esto no es así. La protagonista, sin nombre, sólo llamada "shit" por su mejor amiga, Isora, tiene la oportunidad de ver en su barrio y en su propia casa como el aluvión de trabajo nunca llegó a implicar un aluvión de dinero. Encaramada a un poyo de un jardín, ve una escena que da cuenta de la situación de la isla:
Y es que Tenerife no es por todas partes el paraíso que buscan los guiris, ni siquiera aquellos que llegan a las casas rurales donde trabaja la madre de shit. Su barrio es un barrio próximo al volcán, cubierto siempre de nubes y calima, un barrio casi vertical, en constante pendiente que, sin embargo, sólo a sus afueras consigue escapar de la columna vaporosa del cielo y deja entrever un mar que, en cualquier caso, resulta decepcionante: gris, aburrido, del mismo color que el cielo allí arriba.
Nuestras protagonistas comienzan el verano con la triste certeza de que ese año, una vez más, tampoco verán la playa. Así que tenemos la oportunidad de conocer su barrio y a qué se dedican las muchachas durante esos largos meses. Empecé la lectura disfrutando más bien poco de lo que leía. Me habían avisado de que había demasiada escatología, a veces sin mucha explicación. ¡Pero esa ha sido la gracia! La escatología no tiene ninguna explicación: sigue teniendo el misterio gracioso e insondable que tiene para las niñas el decir palabrotas, a la vez que, con la primera regla y el éxito incontestable de Pasión de gavilanes comienzan a intuir que ese mundo gracioso a veces puede dar mucho miedo. Al menos a shit le da miedo.
No he podido evitar sentirme profundamente identificado con shit cuando habla del amor que tiene por Isora: un amor como el que tiene un niño a un cachorro de gato que lo ignora, que lo quiere tanto que lo estrujaría hasta que le estallaran los ojos. En realidad, me pregunté muchas veces si en realidad shit quería a Isora. Supongo que sí, de una manera ruda y bestial como yo quería a mis amigos. Pero también pude leerme en esas líneas en que dice que "siempre que estaba enfadada con Isora me gustaba imaginarme desgraciada...", en esa dependencia brutal, en la inseguridad constante de saber que tu amiga de la infancia está creciendo más deprisa que tú, que te enseña siempre cosas y tú sólo puedes hacer que te interesa o te importa porque quieres que juegue un rato más porque sabes, en el fondo, que nunca jamás podrás tener esa facilidad para ser mayor que tiene ella. Entre la envidia y la admiración una, y entre la soberbia y el desprecio la otra.
Me he reconocido en estas páginas, en la escatología constante, en el misterio del sexo por descubrir, en la impaciencia y el miedo, en las dudas sobre la propia identidad. Y a la vez que me reconocía, las descripciones líricas y brutales de Andrea Abreu me ha permitido reconocer la realidad de otras niñas que tampoco entendieron qué pasó el 11 de septiembre de 2001 cuyas madres, a veces, antes de la crisis, probablemente estuvieran limpiando la casa en la que mis padres y yo pasamos nuestras últimas vacaciones. Sus descripciones son certeras y no por ser realistas, sino por acercarse al expresionismo, porque nos transportan al entorno a través de unas imágenes vaporosas. Y sí, claro, esas imágenes son muy a menudo escatológicas, como han de serlo en las cosas que solemos olvidar de cuando teníamos 12 años (como que el mundo existía exactamente tal y como hablábamos de él, en la oralidad que se muestra irreductible en esta novela), porque en realidad tampoco nos fijábamos tanto en las cosas y tampoco nos importaban tanto.
Evidentemente, esto no es así. La protagonista, sin nombre, sólo llamada "shit" por su mejor amiga, Isora, tiene la oportunidad de ver en su barrio y en su propia casa como el aluvión de trabajo nunca llegó a implicar un aluvión de dinero. Encaramada a un poyo de un jardín, ve una escena que da cuenta de la situación de la isla:
Estaban los guiris en la piscina, en la piscina bañándose y cogiendo el sol sin sol y comiendo salchichas de esas piconas en las mesitas de la terraza debajo de los paraguas de palmeras. Supuse yo que estaban cenando, porque mi madre decía que los guiris jediondos cenaban a las seis de la tarde. Desde lo alto del muro a lo lejos solo podía ver puro viejo, puro viejo quemado y rojo como cangrejos moros.
Y es que Tenerife no es por todas partes el paraíso que buscan los guiris, ni siquiera aquellos que llegan a las casas rurales donde trabaja la madre de shit. Su barrio es un barrio próximo al volcán, cubierto siempre de nubes y calima, un barrio casi vertical, en constante pendiente que, sin embargo, sólo a sus afueras consigue escapar de la columna vaporosa del cielo y deja entrever un mar que, en cualquier caso, resulta decepcionante: gris, aburrido, del mismo color que el cielo allí arriba.
Nuestras protagonistas comienzan el verano con la triste certeza de que ese año, una vez más, tampoco verán la playa. Así que tenemos la oportunidad de conocer su barrio y a qué se dedican las muchachas durante esos largos meses. Empecé la lectura disfrutando más bien poco de lo que leía. Me habían avisado de que había demasiada escatología, a veces sin mucha explicación. ¡Pero esa ha sido la gracia! La escatología no tiene ninguna explicación: sigue teniendo el misterio gracioso e insondable que tiene para las niñas el decir palabrotas, a la vez que, con la primera regla y el éxito incontestable de Pasión de gavilanes comienzan a intuir que ese mundo gracioso a veces puede dar mucho miedo. Al menos a shit le da miedo.
No he podido evitar sentirme profundamente identificado con shit cuando habla del amor que tiene por Isora: un amor como el que tiene un niño a un cachorro de gato que lo ignora, que lo quiere tanto que lo estrujaría hasta que le estallaran los ojos. En realidad, me pregunté muchas veces si en realidad shit quería a Isora. Supongo que sí, de una manera ruda y bestial como yo quería a mis amigos. Pero también pude leerme en esas líneas en que dice que "siempre que estaba enfadada con Isora me gustaba imaginarme desgraciada...", en esa dependencia brutal, en la inseguridad constante de saber que tu amiga de la infancia está creciendo más deprisa que tú, que te enseña siempre cosas y tú sólo puedes hacer que te interesa o te importa porque quieres que juegue un rato más porque sabes, en el fondo, que nunca jamás podrás tener esa facilidad para ser mayor que tiene ella. Entre la envidia y la admiración una, y entre la soberbia y el desprecio la otra.
E isora continuó diciendo que Zuleyma la del bar le había contado que después de follar a las mujeres se les quedaba el chocho latiendo. Y dijo chocho y no pepe y yo me sentí tan lejos de ella. Esa frase me bajó por la garganta de una mala forma, como si me hubiese atragantado, como un trozo de comida arrastrándose por el camino que no era, por el camino viejo, como decía abuela. Me di cuenta de que Isora estaba en otro lugar, un sitio del que yo no alcanzaba a ver ni el principio y por un momento tuve miedo, miedo de que se diera cuenta de mi inocencia, de que se cansara de mi cabeza asintiendo y mi boca cerrándose.
Me he reconocido en estas páginas, en la escatología constante, en el misterio del sexo por descubrir, en la impaciencia y el miedo, en las dudas sobre la propia identidad. Y a la vez que me reconocía, las descripciones líricas y brutales de Andrea Abreu me ha permitido reconocer la realidad de otras niñas que tampoco entendieron qué pasó el 11 de septiembre de 2001 cuyas madres, a veces, antes de la crisis, probablemente estuvieran limpiando la casa en la que mis padres y yo pasamos nuestras últimas vacaciones. Sus descripciones son certeras y no por ser realistas, sino por acercarse al expresionismo, porque nos transportan al entorno a través de unas imágenes vaporosas. Y sí, claro, esas imágenes son muy a menudo escatológicas, como han de serlo en las cosas que solemos olvidar de cuando teníamos 12 años (como que el mundo existía exactamente tal y como hablábamos de él, en la oralidad que se muestra irreductible en esta novela), porque en realidad tampoco nos fijábamos tanto en las cosas y tampoco nos importaban tanto.